Andrés Kogan Valderrama: Cuba y el tabú de las izquierdas

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Andrés Kogan Valderrama OPLAS

A propósito de las recientes protestas en Cuba, en la cual el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha hecho un llamado explícito a sus partidarios a salir a las calles a enfrentar a los manifestantes, se ha abierto una nueva oportunidad para posicionarse críticamente sobre lo que ocurre en la isla, más allá de las posturas reduccionistas clásicas, que siguen reproduciendo esquemas políticos binarios, que le hacen un flaco favor a la posibilidad de pensar alternativas y salidas transformadoras a la crisis actual.

Una crisis que ha sido agravada por las consecuencias de la pandemia, en donde el turismo ha sido afectado considerablemente, lo que económicamente es dramático, ya que ese sector aporta el 10% del PIB y el 11% del empleo. Lo que termina afectando enormemente los ingresos del Estado y las importaciones de alimentos, que equivalen al 70%.

En consecuencia, esto ha generado escasez de alimentos básicos, cortes en el servicio eléctrico y también un colapso en el sistema sanitario, producto del Covid 19, en donde la infraestructura de los hospitales está tremendamente deteriorada con el paso del tiempo.

El tema es que esta crisis ha derivado en protestas que podrían llevar a una inédita revuelta en Cuba, sumándose al escenario regional actual, en donde importa bien poco si el gobierno es de izquierda o de derecha, ya que lo que se trata es de interpelar al poder político existente, desde distintos movimientos organizados (estudiantiles. feministas, ecologistas, disidencias sexuales, afros, indígenas).

Por eso, que la respuesta del gobierno cubano, reprimiendo y deteniendo incluso a figuras de la revolución y de izquierda de la isla, como son los casos de Frank García Hernández, Leonardo Romero Negrín y Marcos Antonio Pérez Fernández, debiera despertar la reflexión regional y no ser cómplice de un proceso político cerrado en sí mismo.

Planteo esto, ya que pareciera que el proceso político cubano se ha transformado con el paso del tiempo en una especie de tabú para buena parte de las izquierdas en el mundo, especialmente latinoamericanas, en donde cualquier crítica al respecto es rápidamente denostada y descartada por su carácter imperialista y contrarrevolucionaria.

Si bien es innegable la importancia crucial que tuvo la experiencia de la revolución cubana para la autonomía política de la región, siendo quizás la más influyente de todas, por sobre otros procesos políticos latinoamericanos fundamentales, no la hace un proceso sin errores y horrores en muchos sentidos.

Es verdad que históricamente los cuestionamientos hacia el gobierno de Cuba ha sido una constante de sectores conservadores (pro-estadounidenses) para desestabilizar e intervenir el proceso político interno, el cual se ha mantenido por más de 60 años, a pesar de un bloqueo criminal de parte de Estados Unidos, que solo ha generado daño a la población de la isla, como pasa con la falta de medicamentos por ejemplo.

Pero de ahí a omitir el carácter centralista, militarista, autoritario y burocrático del Estado en Cuba, conformado estructuralmente por la partidocracia castrista, es simplemente dejarse llevar por una noción estática y esencializada de lo que ha sido la revolución en los últimos 62 años.

José Martí, uno de los más grandes antirracistas, anticolonialistas, antiimperialistas latinoamericanos y referente fundamental para la revolución cubana, ya en su momento cuestionó los efectos devastadores de la concentración del poder político, señalando que “todo poder amplia y prolongadamente ejercido, degenera en castas, con las castas, vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos a perderlas, las intrigas para sostenerlas”.

Eso es justamente lo que terminó pasando en Cuba, generando un proceso de apropiación de la revolución y prohibición de la autoorganización y participación popular, en donde cualquier disidencia se transformó en un argumento perfecto para reprimir a quien pusiera en duda o plantee la posibilidad de discutir lo que dijera la casta en el poder.

De ahí que este estadocentrismo en la isla, ha bloqueado la posibilidad de permitir al sujeto popular cubano pensar y construir mundos distintos y sostenibles, en donde la soberanía alimentaria, la soberanía energética, la propiedad comunitaria, la defensa de bienes comunes, la descolonización, los derechos de la Madre Tierra, la despatriarcalización, la plurinacionalidad, la autogestión y la democracia directa puedan ser horizontes posibles.

Evidentemente esa crítica no omite la persistencia de Estados Unidos por derrocar al gobierno cubano y el rol de los grandes medios de información concentrados, que dan argumentos para una intervención militar (no así con China), pasando por alto de manera irresponsable también la soberanía del país y la autodeterminación del pueblo cubano.

Por lo mismo, lo que se trata es de acompañar el proceso cubano de manera crítica, sin caer en retóricas binarias y simplistas, que sólo terminan beneficiando a los poderes existentes, ya sea de la partidocracia cubana como del imperialismo estadounidense.