Jeudiel Martinez: Cuba Libre

  • por
Andrés Kogan Valderrama OPLAS

No es extraño que desde la izquierda digan que los cubanos que protestan están manipulados. La izquierda, sea aquella del primer mundo, sea la inmunda clase media de izquierda latinoamericana, siempre ha creído que conoce países como Cuba y Venezuela mejor de lo que su gente los conoce: entonces, ellos tienen que saber mejor que los cubanos que es lo que les conviene, niños eternos los cubanos son manipulables a diferencia del izquierdista, modelo de la iluminación.

El sobresalto se entiende facil: para esa izquierda (que no es más que una provincia de la clase media universitaria, sus privilegios, sus ventajas y sus prejuicios) la sacudida en Cuba es una en sus creencias fundamentales.

El Castrismo fue pionero en diseñar una experiencia turístico-cultural en la cual un extranjero con poco o ningún conocimiento del país –al estilo de Beauvoir y Sartre- podía juzgarse experto en un país que no conoce, en una vida que no vive, de un idioma que no habla: no es cuestión de identidad, sino de experiencia, y el castrismo, como ningún otro régimen, consiguió fundamentar la política desde una experiencia turística y sentimental que apagó la experiencia de los que viven, día tras día, en Cuba: que la decadencia, la ruina y el oxido de las ciudades cubanas sea fascinante para la clase media de izquierda muestra toda la diferencia entre quien vive en una casa en ruinas y quien le toma fotos. Desde la ridícula, increíble, infantil, cursilería de la trova cubana a las visitas guiadas y el esnobismo de los intelectuales, la estabilidad de Cuba, en medio del bloqueo, estuvo asociada a la creación de un parque temático en la que el cubano común queda en la misma posición servil que los anfitriones de la serie Westworld: tiene algo de extraño que los snobs de nueva york, Santiago o Paris crean que alguien ha hackeado sus androides?.

Por tanto, es deber de los cubanos soportar lo que nadie más soportaría: tienen que vivir en ciudades decaídas y oxidadas, manejar carros viejos o colgar de “guaguas” llenas de gente, no pueden criticar al gobierno, no pueden fundar un sindicato, no puede elegir entre dos partidos distintos en una elección, están condenados a ser fieles y obedecer no sólo en beneficio de la nomenclatura que de hecho canceló la revolución para apropiarse del país sino en nombre de la izquierda internacional para la cual la islita valiente, doble de la Utopía de Tomas Moro, es el eje de la existencia.

Intelectualmente la función de Cuba es mantener la fe en una forma de gobierno que ni funciona ni tiene justificación: incluso Vietnam y China, que mantienen el régimen de partido único, se han alejado del estalinismo de viejo estilo que Castro mezcló tan bien con militarismo y caudillismo latinoamericanos, híbrido que ha arrastrado su fracaso por décadas, incapaz, pese a todos los esfuerzos, de emprender las complejas reformas que le habrían hecho falta para modernizarse, fijos en un camino más parecido al de Corea del Norte donde la incapacidad de cambiar y el apego al pasado sirven de orientación y de brújula.

El castrismo precisamente por eso, por neoarcaico, despierta la nostalgia de la izquierda realmente existente y, a la vez, revela su carácter totalitario: finalmente lo que llamamos “izquierda” no es el resultado de las grandes movimientos revolucionarios del siglo pasado sino la herencia de los partidos y los gobiernos que liquidaron esos movimientos y esas luchas: la izquierda no viene de rebeldes y creadores sino de los juicios de Moscú, de las burocracias partidarias, del Gulag, de las sectas fanáticas, los grupusculos universitarios, los intelectuales petulantes, los manuales y los amados líderes: su religión es un gobierno absoluto personificado en un líder incuestionable más allá de la necesidad de demostrar que representa a nadie o que sirve otra cosa que sus propios fines. La simpatía por Putin y la teocracia iraní ya demuestra el carácter de la izquierda pero hay que recordar que, en el “adn” de esa cultura está el castrismo: el marxismo más raro del mundo que no habla de proletariado o clase obrera sino de “pueblo” en los mismos términos que Franco y Mussolini que contrabandeo las ideas autoritarias más tradicionales bajo el pretexto de ser “anti-imperialistas”: hay militarismo más agresivo, más opresivo y orwelliano que el “comandantismo” cubano que reduce a todos los cubanos a soldados obedientes en una guerra eterna?. El falansterio tropical cubano, con sus fiestas, sus turistas y sus intelectuales aduladores, siempre fue la imagen más seductora del totalitarismo.

Aunque fundamentalmente emotivo, el apego con Cuba se justifica en el bloqueo (que no explica que se hayan usurpado las libertades básicas de los cubanos) en el sistema médico (altamente mitificado y cuyo fracaso frente al Covid parece ser un detonante de las protestas) y esencialmente en la idea de que hay una extraña singularidad que justifica que los cubanos no puedan tener libertades que la izquierda sifrina de Paris, Nueva York o Buenos Aires no aceptaría perder.

Para la izquierda –la mayoritaria, la predominante, la que marca la pauta, no esas astillas de disidencia por las cuales gente ingenua pero bien intencionada quiere creer en la “diversidad”- los cubanos son extras, objetos sexuales, objetos estéticos, empleados, cuya función es llevarles mojitos y decir “patria o muerte, patroncito”, androides de confort condenados a vivir una vida que ellos nunca vivirían. Pero de hecho los cubanos son gente como nosotros: tienen derecho a decidir qué partido los gobierna (porque incluso cuando las opciones son miserables el hecho de elegir afirma que nadie es dueño del estado y que la gente común tiene la última palabra) tienen derecho a crear un sindicato e ir a huelga, a protestar en la calle, a escribir en periódicos, a denunciar al estado en un tribunal, a confrontar a la policía sin ser asesinados a vivir en ciudades limpias con servicios públicos decentes, porque todas esas libertades (que la izquierda llama burguesas pero no aceptaría perder) definen nuestra dignidad y nuestra calidad de vida y sin ellas no es posible pensar en libertades superiores o más profundas: la democracia no se expresa en el asambleismo y la habladera de mierda, que tanto ama la izquierda, y no del todo en el voto, que simplemente limita el poder de los partidos, sino en la capacidad de gobernar a los que nos gobiernan imponiéndoles una dirección y un horizonte.

Y así, los cubanos no están haciendo nada distinto de lo que estaban haciendo los colombianos hace pocos días o los ecuatorianos y chilenos hace algunos meses: si democracia todavía significa algo, es esa capacidad constituyente de sacudir los poderes establecidos, de crear desde el común, un horizonte nuevo para la vida. Olvidemos las ilusiones de que Cuba sea menos capitalista o menos desigual que cualquier otro país del continente: no estaba Fidel tomando ron y pescando marlines con García Márquez -y algún otro jalabola profesional- mientras los cubanos padecían el Periodo Especial?

Dejemos de pensar que la miserable política de los EEUU justifica los Actos de Repudio y los campos de concentración: todos sabemos que un régimen como el que hay en Cuba no se justifica en nada y los cubanos no tienen porque soportarlo: no sabemos que pasara en el futuro, y no hay razones para creer que el castrismo vaya caer de un día para otro, pero lo que ha ocurrido en estos días es irreversible y deberíamos alegrarnos por ello: no hay ninguna libertad que reclamemos para nosotros mismos a la que los cubanos no tengan derecho y no hay justificación alguna para quienes se las han robado.