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Atawallpa Oviedo Freire: Una reflexión crítica sobre la teoría decolonial y los decoloniales

Andrés Kogan Valderrama OPLAS

RESUMEN

El autor sostiene que urge rebasar la teoría decolonial, por cuanto es parte de la matriz epistémica eurocéntrica, y ante ello propone lo transcolonial, que quiere decir cuestionar a la civilización como tal, y no solamente proponer una transmodernidad dejando intacta a la civilización.

Palabras clave: Decolonialismo, eurocentrismo, transcolonial.

INTRODUCCIÓN

En 2013 Leanne Betasamosake Simpson, una mujer indígena del pueblo Mississauga Nishnaabeg de Canadá puso en escena el concepto de “extractivismo cognitivo”. El cual ha sido revalorizado y repotenciado por algunos intelectuales bajo el nombre de “extractivismo epistémico”. Especialmente, por Ramón Grosfoguel en su artículo: “Del «extractivismo económico» al «extractivismo epistémico» y al «extractivismo ontológico»: una forma destructiva de conocer, ser y estar en el mundo.[1]

Las palabras “extractivismo epistémico” son nuevas, pero el concepto ya es antiguo. Así, por ejemplo, hay quienes han hablado de colonialismo interno o de anatopismo. Esta última palabra, quiere decir: interpolar conocimientos de fuera de una realidad, para leer o interpretar a otros pueblos con el fin de imponerles una concepción del mundo desde la razón dominante, y hasta hacerlos aparecer como que esos conocimientos son parte de una creación propia. Todo ello con el argumento de que es por “su bien” o “su progreso” o “su bienestar”; o, para salir del “salvajismo”, del “atraso”, del “subdesarrollo”.

Es la acción para la asimilación o absorción de lo otro o de la alteridad al sistema estatuido, con el propósito de hacerle perder su carácter raizal, y por ende, su espíritu de resistencia y al mismo tiempo de transformación integral y estructural.

Pongamos, por ejemplo, lo llamado “informal”, que es el acto de normar y legalizar lo no controlado por el sistema capitalista y el Estado, con el propósito de cobrar impuestos y fundamentalmente para incorporarlos al modelo económico de consumo, y con ello, desaparezca el sistema económico ancestral y todo lo que conlleva o está a su alrededor. Es decir, es la forma neocolonial para terminar con todos los restos sobrevivientes de representaciones, prácticas y saberes propios y ancestrales.

Irónicamente, fomentado por la derecha y apoyado por la izquierda, bajo la premisa de que legalizados e incorporados al estado pueden luchar por sus derechos y organizarse sindicalmente. Es decir, para que salgan de formas supuestamente “arcaicas” o “atrasadas”, y se conviertan en futuros proletarios y en masa para la izquierda y su sociedad socialista. En otras palabras, el fin del sistema milenario de comunidades, el que para ellos es también parte del atraso y no compatible con su ideal comunista.

Todo lo que no se ajusta al sistema-mundo dominante es visto como anatema, y debe ser formalizado, legalizado y naturalizado, es decir, domesticado y sometido al orden oficial. Especialmente, cuando representan un peligro para el sistema estatuido o porque necesitan sacar de aquello un provecho económico o político.

Grosfoguel dice en el referido artículo: “Este principio de asimilación es epistemicida porque termina destruyendo los saberes y las prácticas ancestrales. (…) Si el «ecologicidio» destruye la vida, el «epistemicidio» y «existencialicidio» consiste en destruir los conocimientos y formas de vida asociadas a los artefactos, saberes y «objetos» extraídos para asimilarlos a la cultura y formas de ser y existencia capitalistas occidentales”.

A los procesos señalados anteriormente, desde otras perspectivas lo ven como formas naturales o normales de mestización o de hibridación, vistos como que fueran actos de sincronización o de combinación espontánea y obvia, entre dos formas en igualdad de condiciones y de ventaja mutua. Cuando es la acción de captación sutil de lo otro para quitarle su esencia ontológica y epistémica, y subsista solamente como un producto o un dispositivo para apuntalar al sistema dominante.

El mestizaje es la operación para extirpar la esencia primigenia de una cultura, y continúe solamente lo de afuera como algo folclórico o de remembranza histórica o algo del pasado. Es el vaciamiento de su contenido y revestido como forma tradicional, básicamente para el consumo de los románticos de la ancestralidad o de lo indígena.

Muchos llamados “indígenas” ya no viven ni piensan ni actúan como indígenas (entendido lo indígena como una epísteme y no como un fenotipo), sino que tan solo guardan ciertos ropajes y formas ancestrales, pero su mentalidad y creencias ya son no-indígenas. Todo ello, bajo el pretexto de una tal “modernidad indígena”, pero que es la forma como lo colonial o foráneo le asimila o le digiere al mundo dominante y tan solo guardando ciertas apariencias propias, pero que son solo superficiales. Un indígena que ha sido poco o nada civilizado no se siente identificado o en empatía con uno colonizado y cristianizado, y viceversa.

A esto, algunos también lo llaman “interculturalidad” y hasta “encuentro o diálogo de saberes”; pero en realidad, son formas de integracionismo o de asimilacionismo hacia quienes tienen el sartén por el mango, quedando todos freídos dentro de su ambición y control. No puede haber diálogo o encuentro o interrelación, entre pueblos en desiguales condiciones y entre saberes antagónicos uno del otro.

El llamado diálogo, la democracia, la libertad, que enarbolan las huestes civilizatorias, en realidad o en la práctica, son los medios creados por el colonialismo para hacer sutil la auto dominación y la auto explotación, sin que los hombres “libres y democráticos” se den cuenta de aquello. La democracia y la libertad son los mitos de los esclavos modernos.

El colonialismo les concede el voto, pero es un voto para elegir a quienes les van a subyugar, bajo el discurso de que están eligiendo libremente. Pero, todos esos votos son manipulados, engañados, corrompidos, comprados, a través del marketing publicitario o la publicidad engañosa que vende a su candidato empaquetado de ofrecimientos y alabanzas e infunde miedo y terror sobre los otros.

Y, por otro lado, solo se puede elegir entre miembros de los partidos políticos, los que convertidos en mafias electorales responden a intereses personales y de ciertos grupos. La democracia electoral es la trampa para que el votante se suicide por mano propia, pero el incauto demócrata cree que es libre y que elige libremente. El concepto de “libertad de elección” es el mayor logro de la democracia para el auto sometimiento por mano propia. En el neoliberalismo los poderosos ya no necesitan de esclavizadores, cada uno se auto condena o se somete a sí mismo.

Antiguamente era muy visible la servidumbre, ya que estaban bajo una coerción física específica, ya sea dentro del feudo, de la hacienda, o de cualquier forma de enclaustramiento. Pero luego de su supuesta “liberación o emancipación”, y la entrega de supuestos derechos y ventajas, como la democracia electoral y de la libertad de mercado, el siervo posmoderno cree que los poderosos le han entregado o concedido ciertos privilegios y potestades.

Ni que fueran tontos para hacer concesiones, solo han encontrado los medios idóneos para que el pueblo se constriña a sí mismo y acepte voluntariamente la dominación o la servidumbre como algo normal y necesario, tal como lo difundía y promulgaba Aristóteles hace casi 2500 años y que ahora es más visible. El demócrata contemporáneo está persuadido que la democracia es el mejor y más justo sistema, y vive convencido de que goza de libertad, como el soñado vehículo con el que supuestamente encontrará salvación y autorrealización, sin que se de cuenta que es la etapa clímax del esclavismo, cuando se ha llegado a la auto esclavización.

Hoy se mueren por exceso de trabajo voluntario, es decir, nadie le obliga a trabajar más de 8 horas, sino que el mismo se lo impone para lograr escalar en puestos o en prestigio, o para tener más dinero ya que lo que tiene no le alcanza o porque ambiciona tener más para obtener más cosas materiales para satisfacer a su ego. La Organización Internacional del Trabajo estima que se producen más de un millón de muertos en el trabajo al año y cientos de millones de trabajadores son víctimas de accidentes en el lugar de trabajo y de exposición profesional a substancias peligrosas a través del mundo.[2]

Hemos llegado a las formas posmodernas de autoencadenamiento al mercado, de dependencia a la tecnología, de ansiedad consumista, de desesperación por lo material. Y para ello, necesitan mucho dinero y tienen que trabajar más de 8 horas, y hacer que toda la familia trabaje para seguir haciendo más ofrendas al dios mercado. Gastar en todo lo que se pueda y así enriquecer a un puñado de empresarios que cada día se hacen más ricos.

No se equivocó Fukuyama cuando dijo que habíamos llegado al “fin de la historia”. Hemos llegado al homo consumus, del hombre que es libre para consumir todo lo que pueda y los empresarios para destruir libremente el planeta. Este es el fin de la historia, porque ya no habrá más historia que contar, tan solo el de relatar cómo fue el fin de aquella humanidad desquiciada por devorarlo todo.

TRANSCOLONIAL

Los liberales en su tiempo fueron considerados revolucionarios, los socialistas y comunistas de igual manera, y ahora, los decoloniales van por el mismo camino. En otras palabras, hoy lo revolucionario está más allá de todos los nombrados anteriormente, los que más bien han pasado a ser conservadores frente a las nuevas posturas y posiciones.

Todas estas posturas en su época fueron revolucionarias al interior del sistema-mundo eurocéntrico o hegemónico, más no fuera de éste. Los decoloniales pretendieron salir de este eurocentrismo, pero a la final no lo han logrado. Su propuesta decolonial en el fondo sigue siendo eurocéntrica, a pesar de que esa no haya sido su intención o su aspiración.

Y esto se obedece, a que se manejan con las mismas categorías ontológicas y epistémicas eurocéntricas, y no con los de la alteridad o de fuera del eurocentrismo civilizatorio. Hacen pensamiento crítico, pero desde su bagaje personal formado dentro del eurocentrismo y no desde los saberes colectivos construido milenariamente por los pueblos de fuera de la civilización o del supremacismo eurocéntrico. Acaso están más allá o saben más que los procesos colectivos de miles de años, o, también quieren superar todo ello desde su objetividad individualista o su egocentrismo. No han estudiado y no funcionan desde filosofías indígenas o milenarias, sino que básicamente funcionan desde la racionalidad occidental. No hacer una crítica desde las onto-epistemologías no-occidentales es reproducir el colonialismo y el eurocentrismo desde otras formas.

Hay una experiencia acumulada de cientos o miles de años en los pueblos de fuera de lo occidental, la que todavía está latente y que han venido haciendo una crítica al eurocentrismo, a la civilización, a la democracia, y a todo lo demás creado por el logos griego. Difícil que lo hagan, pues para algunos de ellos es también un conocimiento atrasado, primitivo, no-filosófico; y de ahí los calificativos peyorativos de “pachamamistas”, “abyayalistas” (Castro-Gómez), coincidiendo con las derechas e izquierdas eurocéntricas. Y si algunos no las desprecian, las desconocen o las conocen muy poco, como se observa claramente en sus análisis o reflexiones y en que las categorías o parámetros de la alteridad no son utilizadas o manejadas por la mayoría de decoloniales.

No son expertos o especialistas en filosofías no occidentales, y su única fuente de formación y de conocimiento pleno o profundo es la filosofía occidental. La misma, que por cierto, es filosofía helénica impuesta a los europeos y a su vez a todo occidente y a los occidentalizados. Los romanos la impusieron a toda la Europa indígena y los europeos helenizados a todo el mundo. En este sentido, no cabe hablar de eurocentrismo sino de helenocentrismo, pues la Europa indígena no ha perecido y está despertando, y consecuentemente su conocimiento también es válido para una crítica al eurocentrismo. Desconocer la filosofía celta u otra milenaria de Europa, y no fundamentarse en ella es también responder colonial y eurocentradamente.

Ante ello, creemos que urge rebasar la teoría decolonial por algo que sea transcolonial, y que quiere decir, cuestionar a la civilización como tal, y no solamente proponer una transmodernidad dejando intacta a la civilización. Lo que quiere decir una trans-civilización. Es decir, todas las teorías anticoloniales, sean decoloniales o poscoloniales o cualquier otro nombre, no cuestionan a la civilización como tal, y más bien asemejan a esta categoría eurocéntrica a otros procesos de fuera de Europa y hablan de civilización inca, maya, china, hindú, etc. La civilización es un producto creado por el helenocentrismo, y establecido como categoría de superioridad frente a los otros pueblos y saberes catalogados como bárbaros y salvajes, o atrasados y primitivos. Ningún pueblo de fuera de Grecia creó la civilización, con todas sus categorías y derivas logocéntricas.

Esto es, nadie cuestiona a lo civilizatorio y más bien lo ven como un proceso de evolución o de superación de etapas anteriores o de avance en relación a pueblos en estado natural o en simbiosis con la Madre Tierra, de ahí, que todos hablan de nuevos proyectos civilizatorios o de empujar cambios civilizatorios. En definitiva, que se siga reivindicando a la civilización como algo adelantado o superior, de lo supuesto “salvaje” y “bárbaro” de antes de la civilización o de lo considerado no-civilizado.

Cuando ahora vemos que fue al revés, que la civilización fue la sociedad salvaje y bárbara que destruyó a los pueblos naturas que guardaban la vida y a las culturas que criaban la vida, para imponer la domesticación de la vida.

En este sentido, nos parece colonial que se siga utilizando el término “civilización” para referirse a algunos de los pueblos que fueron colonizados por las concepciones helenocentradas, cuando jamás esos pueblos rompieron con la naturaleza ni la calificaron de inferior, y peor que hayan impuesto a la razón sobre todo lo demás. Por ende, que no se cuestione a la civilización como tal, como el estado de ruptura con la Madre Tierra o el primer giro anti natural en la historia humana y que terminó en contra natura en su clímax capitalista neoliberal.

Nosotros hablamos de transcivilización, en el sentido de terminar con la civilización para recrear otro mundo desde otros fundamentos, y no la necesidad de una progresión o desarrollo o perfeccionamiento de la civilización, es decir, de otro proyecto civilizatorio como suelen hablar todos los intelectuales.

La transcivilización implica desmontar todo el helenocentrismo a partir de una filosofía elaborada colectiva y milenariamente, y no desde una filosofía de la liberación o de la dependencia o de cualquier otra que nazca solamente desde el ego personal de alguien. La que en última instancia es una actitud crítica individual, de alguien que no cree en la comunidad sino máximo en la sociedad (conjunto de personas individuales). Esta última, es también otra creación de la civilización y de su racionalismo objetivista y positivista, sobre los pueblos campesinos comunitarios y su visión de integralidad, complementariedad, correspondencia, ciclicidad, polaridad, reciprocidad, estabilidad dinámica. Principios y categorías que no son manejados ni utilizados por los decoloniales.

Entonces, la causa de todo el actual caos global, no es solo obra del capitalismo sino de la civilización como tal. No es el producto de los últimos 100 años de la era tecnológica, ni de 500 años de la modernidad, sino de más de 3000 años de patriarcalismo y de su sistema social al que le llamaron la civilización.

La civilización es colonial por sí misma, pues surgió con el propósito de conquistar y colonizar a la naturaleza, es decir, a la vida. El afán no era solamente conquistar y someter a otros territorios y personas, sino a la vida en sí mismo, y eso lo estamos viendo ahora claramente en la etapa madura de la civilización. Todo lo que hemos visto y vivido en estos últimos 3.000 años, y que se llaman: el patriarcalismo, el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo, el socialismo-comunismo, la modernidad, el antropocentrismo, la religión, la democracia, el Estado, etcétera, son los diferentes ingredientes y expresiones del helenismo, esto es, de la civilización.

La civilización se ha encargado de determinar quiénes son los grandes, inteligentes, bellos, fuertes, científicos; y el punto de referencia son ellos mismos. El narcisismo en su máxima expresión. Esto es en esencia la civilización, el desprecio y el combate a todos quienes no se someten a su geo-egocentrismo y a sus miles de centrismos. Seguimos viviendo en una sociedad geocéntrica, a pesar de que hoy se sepa de que somos parte de un sistema heliocéntrico.

Las instituciones geocéntricas siguen funcionando hasta el día de hoy, y éstas no han sido cuestionadas por los decoloniales, tan solo criticadas. Por ejemplo, creen en la democracia y cuestionan ciertas prácticas, mientras desde lo trans-colonial se habla de biocracia o comuncracia o sociocracia, lo que significa la idea de la desaparición de la democracia por algo diferente. Es decir, la mayoría de decoloniales siguen partiendo y sosteniendo a las mismas instituciones helenocéntricas y no promueven a las instituciones indígenas o ancestrales con sus fuentes epistémicas y ontológicas de trasfondo.

Seguir manteniendo las instituciones helenocéntricas y solo cuestionar ciertas formas, es no proponerse superarlas para recrear algo totalmente diferente, y cuya base sean las instituciones milenarias que por su consistencia han sobrevivido por miles de años hasta el día de hoy. La civilización quiere barrer con todas esas concepciones e instituciones, y la resistencia es no permitirlo a través de limpiar a la civilización sobre la Madre Tierra.

El colonialismo es lo civilizado o la civilización es lo colonial, que es la forma de creer, pensar y actuar de la mente oscurantista racionalista, cuando rompió las interrelaciones: comunidad-naturaleza, cultura-naturaleza, humanidad-naturaleza, etc. Es decir, de estas dicotomías se produjo o surgió su sistema social al que los dualistas o los dialécticos socráticos le llamaron la civilización.

Es más, hasta esa época ni siquiera existía la palabra “naturaleza”, es la civilización la que la creó; tanto es así que esta palabra no existe en ninguna lengua de fuera del helenismo. El geocentrismo helenista es el causante y el responsable de todo lo que produjo y ha hecho la civilización en todo este tiempo, y cuyo resultado es el dilema actual de continuación o desaparición de la especie humana.

Un acto transcolonial es borrar la palabra naturaleza, pero ante todo todas sus nociones. En nuestro caso, en este texto vamos a tratar de evitarla lo más posible y hablar de “vida-no-humana”, pues todo es vida o forma parte de la vida. Todo es vital y todo es sagrado, desde lo trans-colonial. Si no habría algunos de estos elementos vitales, no existiría esta forma de vida. Lo que significa que si desaparece una o varias especies de animales, plantas, minerales, ecosistemas, se está tendiendo a la desaparición de esta vida. E irónicamente, también desaparecería la especie humana, y la mayoría de las otras especies seguirían viviendo.

Los grecorromanos-semitas, esto es, los helénicos configuraron a la civilización como una sociedad contracultural, en el sentido de ir en contra de la forma de crianza o de criar la vida, dando paso a una sociedad y a un sistema-mundo artificial, enajenante, cosificador, instrumentalista.

Entonces, la civilización no es la superación del salvajismo y de la barbarie -como ellos dicen-, sino por el contrario, la creación de una sociedad salvaje de auto destrucción o suicida. La civilización es el crecimiento, desarrollo y progreso de las formas de exterminio de los otros, hasta llegar al auto exterminio en que vivimos actualmente.

Paradójicamente, el “hombre libre y civilizado” es el más grande esclavo en toda la historia de la humanidad. Empezando porque no sabe que es esclavo y, por ende, no busca acabar con esa situación sino que la perenniza.[3] El esclavo antiguo lo era corporalmente, el hombre moderno lo es además: emocional, intelectual, afectivamente.

Por tanto, la única civilización que ha existido (y existe) es lo que algunos han dado en llamar “civilización occidental”, por lo que resulta una tautología decir “civilización occidental”. Civilización u occidente son sinónimos. Occidente es el resultado de lo que produjo la civilización, y que ahora pretenden occidentalizar o globalizar a todo el planeta. O lo que ellos llaman: civilizar, evangelizar, culturizar, evolucionar, desarrollar, progresar, a los pueblos primitivos o atrasados o subdesarrollados o tercermundistas.

Todas éstas formas coloniales fueron presentadas por la civilización como un proyecto anti-salvaje o de superación del salvajismo, cuando la civilización ha sido la sociedad más salvaje o cruel que ha existido hasta ahora. No fue un “mejoramiento” sino un desmejoramiento. Lo que ellos llaman salvajes (naturas) y bárbaros (culturas) tenían sus defectos o deficiencias, y la civilización no aportó para rebasar aquello, sino que profundizó y amplió esas deficiencias. Y de eso se trata ahora, de superar todas las deficiencias históricas de la humanidad en su conjunto, especialmente de la etapa civilizatoria, y a eso apunta lo trans-colonial o trans-civilzatorio.

Entonces, no se trata de regresar al pasado, como acusan algunos a los que ellos han calificado y sentenciado como “pachamamistas” y “abyayalistas”. Ni estamos haciendo una alabanza del “buen salvaje” -como suelen también decir-. Aceptamos sus deficiencias y debilidades, pero entendemos que la civilización fue peor o un paso al precipicio, y no al revés como dicen los civilizados.

No pretendemos idolatrar a los pueblos y comunidades indígenas, pero creemos que tuvieron más coherencia y dignidad que las sociedades civilizadas o domesticadas. Creemos que su filosofía es más armónica y equilibrada, y nos apoyamos en ella para seguir tejiendo en nuevos niveles y planos; mientras otros siguen construyendo lo helénico sin que se den cuenta de ello o no se percaten que eso están haciendo.

Los romanos al imponer la civilización al resto de Europa, exterminaron con las naturas[4] y las culturas[5] indígenas de lo que hoy conocemos como Europa, y que es el nombre que les impusieron y que viene del griego. Nada casual ni fortuito. Los grecorromanos denostaban del resto de europeos (y en general de todo el mundo), y luego los europeos civilizados, es decir “salvajizados”, se dedicaron a reproducir o replicar lo mismo en el resto del mundo.

Los romanos al momento de invadirles a los indígenas europeos les dijeron que habían ido a sacarles del salvajismo y de la barbarie en que vivían, pero fue al contrario, les introdujeron en el salvajismo anti natura y contra cultural, y a eso le llamaron proyecto civilizatorio. Los salvajes emperadores romanos tuvieron que convencerles a los demás pueblos europeos de que eran salvajes, y así hacer posible la implantación de la salvaje civilización.

Y este discurso lo repiten las actuales generaciones europeas, convencidos del cuento romano. La sociedad salvaje no era la Europa ancestral, sino la civilización que se desprendió de lo natural, del sentimiento, de las emociones, de lo subjetivo, de lo femenino. Y cuyo resultado fue el acabar racionalistas, mecanicistas, materialistas; y que hoy la física cuántica ha desbaratado a sus teorías.

La conquista de Europa fue el primer paso de los romanos, de otros que se fueron sucediendo posteriormente, aunque ya no por los mismos romanos pero sí por los geco-romanizados, hasta llegar a este momento de vida o muerte para la especie humana. Los europeos civilizados, es decir, “salvajizados” o desculturizados y desnaturalizados, se han dedicado a “salvajizar” a los pueblos y comunidades todavía no-civilizadas, logrando a este momento “salvajizar” a casi toda la humanidad.

El peligro de la sobrevivencia de la especie humana, es el acto más salvaje que se haya visto jamás, pues no es solo la destrucción de unos cuantos pueblos, como pasó en otras épocas, sino de toda la humanidad. Por lo tanto, todo esto implica un proceso de descivilización, para una real descolonización o un serio acto transcolonial.

Hoy queda más claro, que los pueblos de fuera de la civilización jamás llegaron a separarse de la vida-no-humana ni de lo sagrado, y que por tanto, no construyeron un sistema social suicida, terricida y epistemicida, como es la salvaje civilización. Sistema-mundo de explotación de la vida-no-humana (naturaleza) que jamás existió en toda la historia del ser humano sobre este planeta.

Se puede hacer muchas críticas a las comunidades indígenas o ancestrales, y hay mucho que cuestionar, pero ninguno de ellas atentó contra la humanidad y la vida en su conjunto. Han habido situaciones complejas en la historia climática, pero ninguna por obra del mismo ser humano. Pero no es cualquier humano, sino el hombre civilizatorio. Especialmente, el de los últimos 100 años ha dado el golpe final en la etapa cumbre de la civilización, a través de su capitalismo neoliberal.

El homus civilis o anti naturalis dio un quiebre a la esencia de la vida, al pretender superar a la vida-no-humana o al estado natural y que ellos lo definieron como salvaje, lo que les condujo a un estado de salvajismo civilizatorio. Este fue el inicio de la ruptura contra quien sostiene la vida del ser humano, y hoy simplemente se está cosechando lo que se sembró hace más de 3.000 años.

Los que rompieron con la Madre Tierra con su declaración de inferioridad de la naturaleza (Platón), abrieron las puertas a lo que hoy estamos viviendo. Los demás, solo han ido puliendo y profundizando ese camino hasta llegar a este momento crucial. O parafraseando una vez más a Whitehead, todos los demás solo han hecho un pie de página al locus extractivista de Platón. Por tanto, el hombre civilizado es el hombre “salvajizado”, al que le ha tomado 3.000 años en llegar a la cima de la destrucción de la vida, especialmente de la vida humana al atentar a su continuidad[6].

Consecuentemente, no ha habido un “encuentro o choque de civilizaciones” —como dicen los intelectuales colonialistas y decolonialistas, respectivamente—, sino la destrucción paulatina y sostenida por parte de la civilización hacia los pueblos, culturas, comunidades, aldeas, que vivían (y viven) en el continuo de los ecosistemas.

No solo el eurocentrismo o el imperialismo o la globalización o el capitalismo han invadido y dominado otros pueblos, sino que es el paradigma de la civilización la que se ha superpuesto sobre las culturas y las naturas en su afán de eliminar a sus epistemes e instituciones. Por tanto, la modernidad no es un estado superior al que hemos llegado, sino es la etapa de auto destrucción masiva. Antaño de la modernidad la disputa era de humanos contra humanos, hogaño, es además contra las especies no-humanas, es decir, contra la vida en sí mismo.

No obstante, algunos grupos en occidente están en proceso de descivilización y están regresando a la forma de “crianza de la vida” (cultura). Ya no quieren, ni creen más en las ilusiones o fantasías mercantiles del primer mundo civilizatorio, y están promoviendo las ecoaldeas, las cooperativas integrales y otras formas de vida en comunión simbiótica. Se han dado cuenta de que ellos fueron las primeras víctimas de las élites civilizadoras o domadoras, y están retomando formas artesanales de producción y de vida; y su referente son justamente las comunidades o aldeas indígenas milenarias.

En resumen, lo civilizatorio es el estado egocéntrico de supremacía intelectual al creer que los pueblos pre-civilizatorios estaban en un estado inferior, menor o peor; y que la humanidad debe continuar con procesos civilizatorios más profundos. Lo que significa seguir en la misma lógica colonial y validar a la civilización, cuando éste es el estado más salvaje, de lo salvaje que pudieron ser los pueblos pre-civilizados.

Algunos grupos o comunidades “naturas” devinieron en “culturas”, pero la cultura no deviene en civilización, o de la cultura no surge la civilización, sino que la civilización es el proceso de desculturización y desnaturalización de la vida.

La izquierda y algunos decoloniales siguen creyendo en una “lucha liberadora y en la teoría de la liberación”, pero como hemos visto hasta ahora, estos proyectos han terminado recreando nuevas formas de dominación por los que pasan a la posición de arriba. En este sentido, desde lo transcolonial o transcivilizatorio no se busca anular la oposición a través de recrear nuevas dominaciones, sino en complementar las oposiciones en forma cíclica (no solo horizontalmente). La dominación, así sea del proletariado sobre los burgueses o de los pobres sobre los ricos, no genera la desaparición de la dominación sino su perpetuación dentro de otras formas. Por ende, desde lo transcolonial no se busca liberarse ni emanciparse sino de armonizarse y de equilibrarse con todos y con el Todo. Una cosa, son las “luchas de liberación” y otra, las “acciones de descolonización”, más precisamente de “descivilización o transcivilización”.

No propugnamos la idea de tomarse el Estado sino de reconstruir la vida desde abajo y desde afuera de lo estatuido. No interesa llegar a “ser Estado”, sino de superar en la práctica el Estado mismo, es decir, no se trata de pensar en que cuando llegue el tal comunismo recién ahí se eliminará el Estado, la democracia, y el partido, sino que eso es ahora, viviendo y construyendo el “nuevo mundo” desde fuera de lo oficial. No interesa entrar en la democracia institucional y electoral, sino de recrear otras formas de organización, participación y formas de gobierno autónomos.

Tampoco el de crear más partidos políticos populares sino el de eliminar toda forma de sistema que divide y polariza al pueblo, pues entendemos que son las formas de dominación sutil del capitalismo civilizatorio o la trampa para el estrangulamiento mediante el “voto democrático”. No se pretende construir el socialismo para llegar un día al comunismo, sino el de construir y/o reconstruir la forma comunidad o aldea, en un nuevo nivel y dimensión. Para todo ello, principalizando la micropolítica sobre la macropolítica.

En la conciencia o racionalidad transcolonial hay que superar todos los socialismos, no hay necesidad de pasos intermedios, hay que construir el aldeismo o el comunalismo, que no es el comunismo de Marx y peor el de los marxistas leninistas. Esto fue una aberración, la anulación de la individualidad y la imposición del totalitarismo, el paso de la dictadura blanda de la burguesía a la dictadura dura del partido comunista.

Toda la experiencia de lo que se ha llamado “revolución” dentro de la civilización y particularmente dentro del capitalismo, ha servido para afirmar más la dominación del sistema político imperante, al pretender terminar la dominación con otra dominación, lo cual vuelve a la dominación como el sentido de vivir y la manera de existir, sin que haya posibilidad de salir del círculo vicioso.

Y más bien estos “proyectos revolucionarios” han generado o han dado más pretextos a las élites para que puedan tener más y mejores argumentos para someter y aplacar a todo tipo de rebeldía. La burguesía hábilmente ha encontrado maneras sutiles de dominación, pero los comunistas con su dominación tosca y burda solo han generado rechazo de los propios pueblos, viendo preferible al capitalismo que a la aventura estatalista y dictatorial de la izquierda.

A las distintas expresiones y formas de resistencia o de superación de la civilización y de todas sus partes constitutivas, desde lo trans-colonial las agrupamos bajo el término de “aldeidad” o de “aldeismo”, palabras que viene de aldea (similar a comunidad).

Desde la transcivilización se considera que para revertir la revolución climática en curso hay que “eco-aldeizar” el mundo, antes que el sistema ciudad-civilización acabe con todos los humanos. Entrar en un proceso de neo-ruralización o re-campesinización, pues el urbanismo depredador sigue avanzando con sus “selvas de cemento” y con sus pandemias de todo tipo.

Para ello, sentimos que hay que profundizar los diferentes procesos autonómicos, de autogobierno, de autogestión y de auto sostenimiento, como el que vienen empujando el movimiento de ecoaldeas en Occidente. Así como también las que vienen avivando las biocomunidades o ecoaldeas ancestrales de los zapatistas y otros pueblos en México, y los kurdos en el Asia Menor. Los que son un ejemplo claro de una transformación profunda, desde abajo y desde afuera del sistema estatuido.

Por ende, no se trata de transformar o de crear más ciudades sostenibles, inteligentes, compactas, en transición, sino el de terminar con el modelo que viene destruyendo la vida, y ese es la forma “ciudad-civilización”. Apenas el 4 % del territorio del planeta ocupan todas las ciudades en su conjunto, pero emiten gases de efecto invernadero en alrededor del 75 %.[7]

Entonces, todo esto implica entender que la disyuntiva no es entre la civilización liberal-capitalista y la civilización marxista-socialista, sino entre la civilización de derecha/izquierda versus la aldeidad o la comunalidad. Esto es lo que el mundo tiene que elegir: más modelos contra natura o, retomar el continuo de la natura (conti-natura).

Esto implica vivir ya en nuevos sistemas de vida, con otras formas de producción, alimentación, vivienda, etc. Las ecoaldeas modernas y las ancestrales no están teorizando en cómo cambiar el mundo sino que ya lo están viviendo, mientras las izquierdas siguen vegetando en las mismas formas capitalistas de vida, aunque el discurso de algunos sea ecologista o de defensa de la naturaleza. En este sentido, la descolonización es para todos: colonizadores y colonizados, civilizados y civilizadores. No hay descolonización si no hay descivilización.

Entonces, no se trata de luchar por más libertades o de ser cada vez más libre, sino el de armonizarse con todas las formas de vida, pues, quién es libre del sol, de respirar, de comer. La libertad es el mito de los hombres civilizados de derecha e izquierda, que solo existe en la mente racionalista o antinatural. La vida funciona por sincronía, simbiosis, sinergia, entre fuerzas complementarias y no por la libertad de cada uno. La armonización tiene un sentido de comunidad y cooperación, la libertad de individualidad, de competencia, y egoísmo.

La “liberación” que proponen ha pasado a constituirse en otra forma de dominación por quienes quieren liberar a los demás. Y cuando los pueblos no están de acuerdo con su tal “liberación” los atacan y los matan a nombre de defensa de la revolución. Los marxistas no comprenden que la explotación del hombre terminará cuando termine la explotación de la vida-no-humana, y no al revés. Por eso siguen explotando a la naturaleza bajo el argumento de que necesitan recursos para salir de la pobreza. Al menos si lo hubieran logrado, pero lo único que han conseguido es enriquecer a los mismos de siempre y ante todo aumentar y completar la destrucción de la Madre Tierra junto a la derecha.

La dicotomía civilizatoria de “derecha-izquierda” o “capitalismo/socialismo”, ni antes, y peor ahora, fue una dicotomía transcolonial, sino tan solo un cambio de un lado al otro paraje de la misma civilización. Ni siquiera entre modernidad y transmodernidad (Dussel), puesto que no se trata de buscar modernidades alternativas ni alternativas a la modernidad, sino de alternativas a la civilización. Por tanto, la estructural contradicción es entre civilización y transcivilización.

Ahora está más claro, que las contradicciones no solo son de clase o de género o de raza, sino que son ante todo ontológicas y epistémicas. Seguir viendo como dicotómicas a la derecha e izquierda, es no ver el fondo y no darse cuenta de que son solo dos ramas de la misma raíz civilizatoria. La dicotomía es entre la “derechizquierda” y la alteridad, entre el capital-socialismo y el Buen Vivir. Ésta, otra diferencia entre lo decolonial y lo transcolonial.

La izquierda es solo una máscara, pues adentro hay la cara verdadera que es el helenocentrismo. La diferencia entre derecha e izquierda es solo de clase, pues comparten las mismas fuentes ontológicas y epistémicas. En cambio, con la alteridad y el Buen Vivir, las diferencias son paradigmáticas y filosóficas, entre dos racionalidades totalmente diferentes de entender y de vivir la vida.

Quien no se plantea salir de la civilización solo se da la vuelta en lo mismo, como el perro loco que quiere morderse su cola. Eso es la izquierda y lo decolonial, seguir viviendo como pequeño-burgueses aunque critiquen a la burguesía y al capitalismo.

[1] http://www.revistatabularasa.org/numero-24/06grosfoguel.pdf

[2] https://www.ilo.org/global/about-the-ilo/newsroom/news/WCMS_008562/lang–es/index.htm

[3] En nuestro libro La Sociedad de Claustro y otros, explicamos ampliamente esta situación.

[4] Comunidades recolectoras, como los actuales pueblos en “aislamiento voluntario”.

[5] Sociedades criadoras y recreadoras de vida.

[6] No confundir con espiritual ni con ateo, el religioso y el ateo son dos expresiones civilizatorias. El ser humano no-civilizado es espiritual o animista o pagano (chamanismo).

[7] https://tinyurl.com/y5xyxae7

Fuente: https://www.alteridad.net/2021/06/22/transcolonial-una-reflexion-sobre-la-teoria-decolonial-y-los-decoloniales/