José Ángel Quintero Weir: Hacertopías (La vuelta al nosotros)

  • por
Andrés Kogan Valderrama

En este sentido, pudiéramos decir, que el actual contexto de pandemia no es el resultado de una erupción circunstancial del Waünnü o Yolujá que ahora provoca la enfermedad que nos ataca a todos, pero que aun en medio de sus dañinos efectos por los que somos sometidos por los Estados-gobiernos al aislamiento y al encierro, esos mismos Estados junto a las corporaciones, igual no desisten ni por un momento de invadir nuestros territorios en su insaciable política de despojo y explotación de la tierra con sus proyectos extractivistas, sostenidos en su histórica y continua arrogancia e irrespeto a la naturaleza y el mundo. Apoyados en una ciencia y tecnología desprovista de todo sentido comunitario, creen poder lograr saciar su insaciable ambición de acumulación infinita sobre un mundo que es finito; de esa manera, la civilización occidental ha provocado esta y todas las anteriores pandemias que la humanidad ha sufrido, a causa de la forma en que esta civilización occidental-capitalista-racista y patriarcal trata a las selvas, los ríos, los lagos, las montañas, los bosques y todo lo que en ellos habita porque en ellos sólo ve objetos disponibles a ser poseídos, explotados y convertidos en mercancías rentables. Nunca ve en ellos comunidades de seres vivos sino cosas a su disposición y dominio.

Hoy, cuando atestiguamos que en medio de la pandemia las invasiones a nuestros territorios auspiciadas por los Estados-gobiernos, no cesa. Que para nada importa como cada uno de ellos se autocalifica o es calificado ideológicamente, ya como de izquierda o de derecha, pues su hacer siempre está dirigido al despojo y el dominio de nuestros territorios en función de sus intereses económico-políticos; sólo que en esta oportunidad, no tenemos lugar adonde huir de su ambición y su codicia, pero tampoco tenemos tiempo para estimar seguir el juego que siempre nos proponen y en el que constantemente somos nosotros las piezas a mover y sacrificar. He allí la primera señal y condición de nuestro propio tiempo: No tenemos ni lugar ni tiempo que perder, por ello, o nos decidimos a emerger como Nosotros, o debemos considerar seriamente la posibilidad de que nuestro tiempo sobre la tierra ha llegado a su fin, tal como en su momento llegó a su fin el tiempo de nuestras abuelas y abuelos, con la diferencia de que nosotros estaríamos aceptando nuestra definitiva condena a desaparecer como pueblos.

Hablando con propiedad, debo confesar que desearía poder ser tan sabio como para tener las palabras exactas capaces de poner en frases, si es que esto fuera posible, cada uno de los pasos a dar para que así emerja el Nosotros en cada quien, en todas las comunidades y pueblos; pero, lamentablemente no está a mi alcance ese saber y poder; porque además, estoy convencido de que nuestro tiempo no nos exige conocer o usar muchas palabras o discursos sino sobre todo, hacer. Por eso, a la pregunta, cómo poder enfrentar este destino de abismo al que se nos pretende empujar, pienso que la clave está en ser y hacer desde y por el Nosotros, ya que es allí donde reside nuestra posibilidad de dar el vuelco y retornar a nuestro corazón, y ésta no es sólo una manera digamos, poética, de decir las cosas, sino que en verdad se trata del hacer más difícil de ejecutar por nuestros alterados y colonializados espíritus, y porque nuestro verdadero corazón sólo es posible encontrarlo y sostenerlo en nuestros cuerpos en el simple pero rigurosamente cotidiano ejercicio de hacer comunidad.

Podría decirse, que si allí están las comunidades indígenas, campesinas, negras, etc., ¿cómo es que planteamos la vuelta a hacer comunidad para encontrar nuestro propio corazón? A esto debemos responder que, de cierto, allí están las comunidades, ellas han resistido y r-existido por más de 500 años de sometimiento; sin embargo, tal resistencia y r-existencia no ha dejado de ser el resultado de un proceso de reconfiguración de sus cosmovivencias del que la comunidad no ha salido indemne, es decir, que en buena parte, su existencia actual ha sido a cambio de la pérdida de orientación de su propio corazón.

Por mejor decir, si en el tiempo del Nosotros nuestros desplazamientos económicos, políticos y sociales se producían y orientaban de adentro hacia afuera y de regreso hacia adentro, en un movimiento permanente de caracol que fortalecía a la comunidad en tanto que la misma podía decidir qué elementos significativos acoger para sí o cuales rechazar en sus relaciones en y con el afuera; sin embargo, el proceso de dominación colonial y de la colonialidad impuso e impone desde afuera, que nuestros movimientos en la actualidad siempre se produzcan por presión de afuera hacia adentro y de nuevo hacia afuera como respuesta, pero esta vez, sin retorno al interior de la comunidad lo que por poco o por mucho provoca el deshilo de su tejido; de tal forma que este movimiento de una cotidianidad impuesta ha ido generando un proceso de vaciamiento constante acerca del sentido de la comunidad al tiempo que el sentimiento de individualidad cobra fuerza, al punto de llegar a pervertir nuestras relaciones sociales internas al imponer la desconfianza como norma ética de un dudoso éxito para la sobrevivencia.

Dos ejemplos concretos nos permiten aclarar este punto. El primero ocurre en una comunidad indígena bari de la Sierra de Perijá. El pueblo barí se organiza a través de comunidades que se forman mediante la alianza de varias familias de diferente filiación que deciden construir un Suakaëg o casa colectiva. El trabajo de relación política de establecer las alianzas para la conformación de la comunidad es impulsado por aquel que por ello es reconocido como Ñatubay (Tú tienes la energía), éste se hace acompañar en las tareas de vigilancia del cumplimiento del hacer comunidad por otros dos igualmente considerados Ñatubay; entre sus tareas está la de mantener las relaciones con los Otros, particularmente, con las instituciones del estado y sus representantes de gobierno. En sus funciones de autogobierno estos Ñatubay tienen un tiempo de ejercicio, luego del cual, son sustituidos en asamblea comunitaria por otros tres miembros (hombres o mujeres), quienes asumirán la responsabilidad de ser los Ñatubay de la comunidad. Generalmente, éstos son elegidos por su edad, esto es, se trata de hombres y mujeres mayores, o con la suficiente experiencia de vida como para orientar en la confrontación de los diferentes problemas susceptibles de presentarse, tanto en su vida interna como en su relación con los de afuera.

Este sistema de organización política, autogobierno y relaciones sociales y de poder propias, sufre un duro golpe en el momento en que Chávez impone a todas las poblaciones su sistema de Consejos Comunales como estructuras organizativas encargadas de transmitir las decisiones y políticas del gobierno a las comunidades, de allí que los llamados “Voceros” de estos Consejos tenían la obligación de convertirse en militantes del Partido de gobierno, lo que les otorgaba la posibilidad de obtener beneficios gubernamentales, además de convertirse en detentadores del poder discrecional de incluir o excluir a determinadas personas de los programas sociales del gobierno. Se exigía, además, que estos “Voceros y Voceras” fueran lo suficientemente jóvenes como para estar en la disposición de viajar y hacer presencia en las continuas movilizaciones convocadas por el gobierno en la capital.

Como era de esperarse, la división, confrontación y aún separación de familias al interior de las comunidades barí se hizo presente con toda su carga negativa a los efectos de las luchas territoriales que en ese momento los pueblos indígenas en general, y los barí en particular, sostenían con el gobierno de la revolución bolivariana. Se trataba, con todo, de una política colonial dirigida a romper las estructuras de autogobierno de las comunidades y pueblos indígenas, al tiempo que se cooptaba a su población joven otorgándoles espurios y efímeros beneficios y se rompía con la unidad en la lucha por la demarcación territorial. Así, se imponía desde afuera una nueva estructura, que además funcionaba para extraer hacia fuera toda la fuerza y cohesión de la comunidad, vaciándola de sus formas propias de gobierno y despojándolas de su dignidad.

El segundo ejemplo es noticia actual. Además de la pandemia mundial, la confrontación política en la disputa por el poder del estado, y de la espantosa crisis económica que entre otras cosas ha llevado la inflación y el desempleo a niveles estratosféricos, los venezolanos estamos viviendo hoy una crisis energética que se manifiesta no sólo por la incontrolable intermitencia del servicio de energía eléctrica y del gas doméstico sino sobre todo, por la ausencia de gasolina, combustible sobre el que, por su abundancia, durante casi un siglo se edificó el funcionamiento del transporte público y de mercancías. Sin entrar en detalles acerca de las causas de tan catastrófica realidad, no por desconocer su importancia sino para no alejarnos de lo que en verdad queremos decir; uno de los hechos más terribles que ha generado la ausencia de combustible es la imposibilidad de los productores del campo a transportar sus cosechas hacia los mercados urbanos, lo que no sólo ha contribuido a incrementar el desabastecimiento y por ende, la inflación, sino que lo peor es la pérdida de las cosechas de aquellos campesinos que no tienen otro mecanismo para transportarlas.

Así, miles de toneladas de vegetales como papas, cebollas, coles, tomates y remolachas de la región andina se han perdido, o han tenido que ser lanzadas a los caminos para que recoja quien pase, o terminado como alimento de los animales en un contexto de verdadera hambre nacional, todo por la imposibilidad de los campesinos para sacarlas de sus fundos hacia el mercado. Sin embargo, esta dramática situación para todos, ha producido diferentes reacciones en la población y particularmente, entre los productores campesinos hoy, prácticamente arruinados.

Pero, en relación a éstos últimos nos interesa destacar dos posiciones que nos parecen fundamentales al propósito de este artículo, ellas son; la primera, aquella que frente a las circunstancias de pérdida han optado por volver al transporte de recua (mulas y carretas) para transportar parte de su cosecha, ya no al mercado nacional sino hacia pueblos y comunidades vecinas en lo que ha venido resultando una especie de restablecimiento de la memoria territorial en la que estos antiguos poblados se registran como puntos de encuentro e intercambio entre comunidades con las que estos productores ya poco se relacionaban, toda vez que disponían toda su producción para el mercado mayor de las grandes ciudades.

La segunda, es la asumida por algunos pequeños campesinos de la misma región quienes, ante la pérdida total de sus cosechas, al denunciar el periodo de hambre que se les avecina, ya que ellos dedican la totalidad de sus pequeños terrenos a la siembra de un determinado rubro dirigido al mercado urbano con cuya venta reponían para la nueva siembra y sustentar a sus familias, ahora, de manera violenta, la realidad actual les ha puesto en el disparadero de tener que pensar en la necesidad de sembrar en primera instancia, para su comer, es decir, anuncian que van a diversificar su siembra en función de garantizar, en primer lugar, la alimentación de sus familias y posteriormente, para la venta comercial.

Estas dos posiciones expresadas por algunos campesinos andinos venezolanos, es a lo que nos referimos como la vuelta al corazón del Nosotros. En el primer caso, el vuelco en el desplazamiento de la producción que se decide a volver a transitar viejos caminos, así como a reconstruir viejas relaciones comunitarias en una especie de vuelta a una economía hacia adentro, evidencia que la memoria territorial en estos pueblos persiste, que la economía de mercado con todo su poder envolvente no ha podido borrarla y ante su evidente quiebre por demás incontrolable para los campesinos, la respuesta de las comunidades es la de volver a lo que se presenta en su memoria como un movimiento siempre estable de su convivir en su complementariedad con las otras comunidades.

En el segundo caso, el dramático reconocimiento de que el esfuerzo de producción orientado por el monocultivo y hacia el mercado como destino, deja a los campesinos a merced de algo que es dominado en un afuera que ellos no alcanzan a conocer del todo, y mucho menos a controlar, es por lo que frente al hecho contundente de ver perdido su largo y duro trabajo de haber sembrado y cosechado un único producto de cuya venta depende para reponer sus fuerzas y así sustentar la vida, ha generado el momento de la conciencia acerca de la verdadera finalidad de su hacer como comunidad humana y ese no es otro que, en términos añuu diríamos: weiña, esto es, nuestro alentar hogar, ya el que formamos con nuestra propia familia como el de nuestra comunidad, lo que en consecuencia implica weiña kanuye: nuestro hacer comunidad o nuestro alentar a la comunidad, para ser más precisos.

Algo en este mismo sentido de vuelta al Nosotros está ocurriendo en algunas comunidades wayuu, que actualmente están enfrentando a la pandemia sin recurrir o solicitar la presencia y ayuda del estado, que de hecho y en circunstancias como esta, siempre está ausente, sino que han asumido retornar al sentipensar de su cultura que en el pasado, en momentos como este, invoca la palabra del sueño interpretado por las abuelas, quienes entonces disponen la acción que prescribe el hacer conjunto de la reposición de antiguos rituales con la revitalización del uso de su propia medicina de plantas e infusiones por muchos ya olvidadas, en algunos casos, combinados con la medicina alíjuna (de los criollos), pero en lo fundamental, saben que la sanación exigida ha de ser colectiva, de allí el llamado a la danza de la Yonna, para abrir con ella el portal que haga posible la vuelta de Juyá a la Guajira y así les asista en el combate al Yolujá que hoy se presenta como peste.

Sin embargo, debemos reconocer, que se trata de casos y no de un sentimiento general y, mucho menos, de un movimiento, quisiéramos que así fuera, pero sabemos que eso no depende de que podamos nosotros expresarlo claramente con palabras y así decretarlo; porque lo cierto es que estos y otros casos similares que se presentan diseminados en todo el país, se están produciendo como resultado de la confluencia de diversos factores en una realidad que así termina colocando a las poblaciones entre la espada y la pared, por lo que la disposición a r-existir desde la memoria territorial que conforma su cuerpo y corazón es uno de los caminos que se le presentan como opción en el contexto de resistencia. Por ello, creemos que pensar sólo teóricamente en una posible generalización de estos casos en función de crear, ahora sí, un gran movimiento regional, nacional y hasta mundial que en aluvión universal pueda dar vuelta al destino de muerte al que se nos condena, aunque suene bien y pueda ser hasta políticamente correcto, no deja de estar conectado con la pretensión universalista de occidente y ciertamente, uno de los sentidos con los que se suele relacionar la idea de Utopía: sueño o quimera, lo que por cierto, no es malo en sí mismo; pero pensamos, que sin menospreciar ni abandonar el debate, en estos momentos, por lo menos en Venezuela, nuestras reflexiones deben ir de la mano del proceso del hacer desde el Nosotros.

Quiero decir, de lo que se trata es, en primera instancia, de decidirnos a dar vuelta hacia el Nosotros desde el hacer en el sentido que este término tiene para el pueblo añuu: alentar hogar, alentar comunidad y esto, en segunda instancia, sólo es posible mediante la recuperación o reconstitución de nuestros lugares de lucha, es decir, nuestras comunidades en, por y desde sus autonomías. Para ello, debemos desechar toda ilusionista propuesta proveniente de los estados corporativizados y sus representantes, aún de aquellos que siendo parte de nuestros pueblos y organizaciones, en sus individuales compromisos con los enemigos de nuestra autonomía, han extraviado su corazón.

Así, volver al Nosotros implica estar decididos a crear y defender día a día la recuperación y reconstrucción de nuestros lugares en su habitar, en el control de la producción de nuestro comer, recuperando y potenciando nuestros saberes para sanar, y sobre todo, recuperando el tejido de nuestro convivir entre nosotros y en nuestras relaciones de complementariedad con los otros como nosotros aunque diferentes; esto, en virtud del ejercicio de un autogobierno orientado por nuestro propio horizonte ético.

He aquí, pues, a lo que llamamos Hacertopías, como manifestación y proceso de lucha del Nosotros de cada grupo, comunidad, pueblo, etnia, nación, que ha decidido retomar en sus manos su destino en, por y desde sus lugares y territorios; por lo que debemos reconocer y advertir que no se trata en modo alguno de pretender señalar un lineamiento único para la reconstrucción y reconstitución de todos los lugares, pues, estamos seguros que hacertopía siempre será expresión de la heterotopía que nos muestra el mundo que así alimenta todas las visiones del mundo posibles. En todo caso, si algo de todo lo expuesto pudiéramos reclamar, no como autor del escrito, sino en cumplimiento a la palabra dada a Isabelita en la Laguna, es el Weiña Kanuye añuu, que ofrecemos como ofrenda que haga posible la vuelta al Nosotros en el Hacertopía de todos.

Fuente: http://trinchera-politicaycultura.com/1026/memoria.html?fbclid=IwAR2GTTDyUBCSJrNo3PGamQbTMffrFY-jp67QHsFLEYIpjW0U9dZ-TubPDgM