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Fernando Viveros Collyer: Idea de un proyecto alternativo de sociedad

  • por
OPLAS Andrés Kogan Valderrama

Ya desde los inicios de este siglo XXI, en diversos foros de Latinoamérica, se ha escuchado hablar acerca de la expresión “buen vivir”. Ella cobró una especial notoriedad por las recientes formulaciones constitucionales del término. ¿Por qué nos interesa?

Creemos que su relevancia aparece allí donde se consideran las ideologías y proyectos de sociedad alternativos a los regímenes sociopolíticos extendidos por estas tierras americanas. De cierta manera los tiempos de la crítica social han dado paso al interés y también necesidad de ofrecer proyectos de alternativa a las estructuras y modos de vida actuales. La resistencia a la hegemonía global del “modelo” neoliberal de concepción y construcción de sociedad, ha significado la aparición de diversos movimientos que proponen alternativas.

En el proceso de buscar inspiración para ellas, se descubre que no las hay fácilmente ni a la mano. En especial las alternativas de corte socialista se ven debilitadas por las experiencias fallidas a nivel mundial, y por la acumulación de propuestas confusas. Nosotros creemos que una fuente posible para el descubrimiento de alternativas podemos hallarla en la consideración de las formas de vida de algunos grupos indígenas habitantes de estas tierras. Es precisamente la distancia cultural y de mundo entre nuestro presente de orientación moderna y los mundos de los pueblos originarios, lo que podría significar el encuentro con un pensamiento de la sociedad que se distingue de lo que conocemos.

El salto estructural y semántico entre las lenguas de esos pueblos y el español latinoamericano es un índice de las distancias. Como buen vivir encontramos el sumak kawsay kichwa en el Ecuador, el suma qamaña, vivir bien aymara de los territorios bolivianos y el mapuche küme mongen -junto a otras denominaciones de distintos pueblos de la región.

Este buen vivir se enfrenta a ideologías fuertemente arraigadas en perspectivas modernas de proyecto de sociedad, donde se encuentran formas multiplicadas de dominación. Estructuras de dominación al interior de las sociedades e, igual de importante, formas de dominación de la Naturaleza. En este contexto, la cosmovisión del progreso se manifiesta concretamente como ideologías del desarrollo económico. Pero este desarrollo se muestra esquivo. Pretendemos igualarnos a las llamadas sociedades desarrolladas; por alguna razón (o sin razón) esa meta nos rehuye. Así es como el buen vivir se vuelve una expresión que se enfrenta a la idea del progreso, y plantea una alternativa al desarrollo.

La exploración social de una buena vida debe basarse en un proceso diferente al que se sigue cuando se busca el desarrollo (apoyado en el crecimiento económico). Ella aparece más relevante cuando se toma nota del carácter finito del planeta respecto de las posibilidades de extracción y consumo de los llamados recursos naturales. Se está demostrando que la Tierra no tiene la capacidad de absorción y resiliencia para continuar por esta misma senda.

Parece ser que la propuesta del buen vivir requiere que una de sus bases se encuentre en movimientos indigenistas de alcance nacional, capaces de rescatar de sus propias formas de vida un proyecto posible que pueda entrar al debate de alternativas.

El buen vivir considera una amplia variedad de derechos a los pueblos e individuos. Se incluyen los derechos humanos llamados de tercera generación, de inclusión y equidad, como el derecho al agua, la participación, la educación, la vivienda y la salud, la energía y otros. Así también se señala el derecho a un ambiente sano, libre de contaminación, el derecho a vivir en un ambiente ecológicamente equilibrado. Estos derechos no pueden ser asociados simplemente con el “bienestar” de las sociedades. Bienestar y buen vivir sin duda comparten asuntos programáticos, pero, por ejemplo, el buen vivir entrega otro estatus a la convivencia de la sociedad humana con la Naturaleza. Ella se inspira en la formulación de unos derechos de la Naturaleza.

El buen vivir es un concepto en construcción, y quizás sería más acertado hablar de buenos vivires. Como hemos dicho, tiene entre sus fundamentos una referencia indígena, a la cual se agregan otras concepciones alternativas que han aparecido en las últimas décadas en el mundo de la cultura occidental como los diferentes ecosocialismos, ambientalismos y feminismos. El proceso de su evolución sigue un decurso naturalmente lento, pasando por acentuadas tensiones con otras concepciones del devenir de nuestras sociedades. No es menor el contenido que podríamos llamar de inquietud utópica que lo rodea.

Consideración del saber indígena en la perspectiva ambiental

Se conocen casos de pueblos indígenas del planeta que han desolado áreas naturales localizadas, precisamente por el pastoreo, la tala de bosques, la caza o el cultivo agrícola no sustentable. Sin embargo, de la gran mayoría de estos pueblos se informa que sus creencias, normas institucionales y saberes, son de inmenso valor ecológico y de conservación de la biodiversidad -a veces por encima de los conocimientos y prácticas propias de la cultura occidental moderna. Como tales, los pueblos de raigambre en mundos premodernos no han conocido la experiencia de la industrialización y el dominio de la tecnociencia globalizante de origen europeo, y sus efectos ecosistémicos.

Ocurre con cierta frecuencia -nos dice Salvador Millaleo, profesor de derecho de la U. de Chile-, que los territorios todavía habitados por pueblos indígenas coinciden con regiones de abundante biodiversidad. Se da así una oportunidad para potenciar las políticas y esfuerzos de conservación. Es especialmente interesante el hecho de que esas prácticas ecológicas no resultan de áreas compartimentadas de los saberes antiguos, sino que se integran directamente con las formas de vida social. Así es como, por ejemplo, lo que pudiésemos nosotros modernos considerar lugares de valor paisajístico, para estos pueblos resultan en espacios de índole sagrada, con significación para la cohesión comunitaria.

En muchas cosmovisiones indígenas, la conexión de sociedad y Naturaleza tiene que ver precisamente con intercambios en equilibrio e identidad, en que los pueblos mantienen relaciones de “familiaridad” con otros seres vivos y con elementos abióticos de la geografía -por ejemplo, ríos o montañas. Los conocimientos tradicionales resultan una experiencia directa útil a la conservación ecológica. Ellos hacen referencia a habilidades y materiales disponibles localmente, que por eso se han vuelto mejor adaptados a los territorios respecto de tecnologías modernas introducidas y de origen exótico. Lo que podemos llamar una ecología indígena, la encontramos integrada a instituciones formadas en un proceso transmitido por las generaciones.

El conocimiento localizado indígena aparece directamente conectado con la sobrevivencia de los grupos sociales, abarcando lo que podemos llamar una adecuada gestión de tierras y cuencas hidrográficas, unas prácticas alimentarias, y formas eficaces de medicina basadas en el saber de la flora y vegetación local. Este saber también resulta apropiado para poner atención en la resiliencia de los ecosistemas, debido a la capacidad tradicional aprendida para absorber perturbaciones. En estos días en que estamos comenzando a ser afectados por el fenómeno del cambio climático, la participación indígena puede complementar nuestros modelos explicativos, y brindar informaciones fundamentadas acerca de los impactos reales.

Es de observar cómo los saberes indígenas tienden a conectar la vida íntima humana con el macrocosmo, de modo que el lenguaje y los relatos transmitidos concentran la exploración de las relaciones con el conjunto de los elementos naturales y espirituales.

La llamada perspectiva biocultural de la ecología busca ahora reunir conocimientos científicos modernos (de enfoque universal) y los saberes de las poblaciones originarias locales. En las últimas décadas, en los foros del mundo global, estos han reclamado una atención estratégica para la conservación de la biodiversidad. Se trata de comunicar el sentido y alcance del papel que pueden jugar estos pueblos en los procesos de protección de la Naturaleza. Se ha comenzado a conversar acerca de una noción como la de “guardadores de la Naturaleza”. Ésta busca expresar una actitud de estos pueblos y sus conocimientos tradicionales, distante de las formas modernas de la política y la economía. La concepción de unos “derechos de la Naturaleza” -o atribución de derechos a las entidades naturales- puede encontrar un suelo en las cosmogonías indígenas.

Fuente: https://www.elquintopoder.cl/politica/idea-de-un-proyecto-alternativo-de-sociedad/