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Eduardo Gudynas: Minería, extractivismos y expertos más allá de ironías

OPLAS Andrés Kogan Valderrama

Buenos o malos, perversos o bondadosos, egoístas o solidarios. Esas oposiciones inundan las discusiones políticas y ciudadanas, tiñéndolas de dogmatismo que nada solucionan. La problemática ambiental no escapa a esa enfermedad. En una reciente nota, la querida Brigitte Baptiste intenta cuestionar esos reduccionismos, y para ello utiliza la imagen de una oposición entre “geociencias” y “antiminería” (en su columna en El Espectador).

Denuncia que los geólogos son descalificados, que se los caricaturiza como promotores de la destrucción por medio de los extractivismos mineros y petroleros, los que a su vez, serían fuente de toda desgracia. Y esas críticas vendrían, según Baptiste, desde las utopías bucólica.

En ese intento de descalificar las oposiciones dogmáticas simplistas, Baptiste usa exageraciones para dejarlas más en claro pero cae en dibujar otra oposición binaria, también simplificada. Es que a diferencia de esa imagen, sabemos que la mayor parte de las denuncias contra los impactos de la minería no provienen de los “bucólicos urbanos” sino de las propias comunidades afectadas. También sabemos que las reacciones ante los extractivismos no surgen de la nada, ya que hay más de un caso donde un enclave contaminante cuenta con informes técnicos firmados por técnicos que lo describen como inocuo.

Conocemos además que hay muchas caricaturas que operan en sentido contrario a lo que dice Baptiste, como ocurre cuando los promotores de los extractivismos califican a otros como ignorantes contrarios al progreso. Tampoco es raro que se usen metáforas exageradas promoviendo los extractivismos porque el metal es necesario para tener cubiertos, ollas, automóviles, construcción, y más -una imagen que se emplea cuando ya no hay otros argumentos para defenderse. Aunque nunca me había encontrado con una imagen como la que ahora invoca Baptiste cuando hace el nexto entre los extractivismos con el hierro en la sangre o el calcio en los huesos.

Los ataques generalizados sea a una disciplina o quienes portan un título, sea geólogo, ingeniero o cualquier otro, deben ser rechazados. Esa es una postura errada. Pero también sostengo que calificar a todos los que denuncian los impactos de los extractivismos como “antimineros” es igualmente equivocado.

Los grupos locales como los militantes que alertan sobre los extractivismos, no deberían usar la denominación “anti minero” (y por las dudas declaro enfáticamente que no lo soy). El calificativo de antiminero hasta donde puedo ver se lanzó años atrás desde Perú, por actores políticamente muy conservadores, a veces reaccionarios, tanto en la academia, como en empresas, partidos políticos y periodismo. Usaron esa etiqueta para ridiculizar y hostigar a las comunidades locales y las organizaciones que se oponían a ciertos proyectos megamineros. No fue un término que hubiera surgido de la propia sociedad civil. En Colombia se debería estar alerta para no apropiarse de una palabra que en realidad busca atacar a los que defienden el ambiente y la calidad de vida. Es por eso que es tan importante la diferenciación entre extractivismos y minería.

Entiendo que los problemas reales son otros. Por un lado hay una seria dificultad con el saber experto, sea el del geólogo como el de cualquier otro académico. Ocurre cuando se invoca una pretendida objetividad y superioridad de ese conocimiento y se lo usa para anular o minimizar otros saberes, incluido el de las comunidades locales. Eso sucede cuando se le dice a campesinos, indígenas o vecinos del barrio que deben acatar los dictámenes del ingeniero, el doctor u otro técnico, simplemente por su diploma. Así se anulan los espacios para decisiones que resulten de escuchar todas las voces.

Por otro lado, la desconfianza con el experto también se origina en malas experiencias. No pueden negarse los casos de expertos que firmaron evaluaciones que cuando fueron revisadas estaban repletas de errores, eran copias de otros reportes, torcían los datos, o exageraban las medidas de mitigación o remediación ambiental, tal como muestran los estudios comparados de otros países. Una empresa minera siempre va a presentar un reporte indicando que su emprendimiento tendrá pocos impactos, y que éstos a su vez pueden ser manejados o revertidos. Tampoco pasa desapercibido que hay muchos más académicos trabajando para las empresas extractivas mientras son comparativamente pocos los que acompañan a los movimientos ciudadanos.

Nada de eso es extraño. Recordemos que hubieron médicos que negaban que fumar aumentara el riesgo de cáncer pulmonar, o que hay toxicólogos que afirman que el herbicida glifosato es inocuo como una aspirina.

Por todo esto la cuestión de fondo radica en sopesar cuál debería ser el rol de cualquier profesional universitario, sea el geólogo u otro, ante la crisis social y ecológica. Caer en las caricaturas, en un sentido o en otro, esquiva ese problema y por ello termina favoreciendo al mito de los extractivismos inocuos, el experto infalible y las comunidades ignorantes.

Los abogados entendieron que las grandes empresas y los más ricos contratan legiones para asegurar sus intereses, algo que no podían pagar los más pobres. Es por eso que algunas facultades o el Estado instalaron los defensores de oficio o las unidades de apoyo legal a los más desfavorecidos. Entonces, me pregunto, si todos los centros universitarios en minería o hidrocarburos tienen departamentos de ayuda profesional a las comunidades locales para revisar conjuntamente reportes privados o estatales, para identificar la contaminación allí donde se la quiere ocultar, o para certificar cuáles son las tecnologías que se utilizan. También me pregunto si hay mecanismos que protege a aquel geólogo que alerta sobre los impactos irreversibles de un emprendimiento para evitar que se le convierta en un paria.

La ironía puede servir pero solo en ocasiones, y por ello no me queda claro si es apropiada la caricatura final de Baptiste cuando dice que los extraterrestres vienen por el oro. Es que en las comunidades todo saben muy bien quienes están detrás del oro, quienes lo compran, quienes financian dragas o excavadoras, quienes venden el mercurio, quienes firman los permisos. Ninguno de ellos es extraterrestre. Son todos muy humanos, de carne y hueso.

Fuente: https://blogs.elespectador.com/actualidad/embrollo-del-desarrollo/mineria-extractivismos-expertos-mas-alla-ironias