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Eduardo Viveiros de Castro: «El gobierno de Bolsonaro le declaró la guerra a los pueblos indígenas»

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Recientemente el antropólogo Eduardo Viveiros de Castro dijo que gobernar es crear desiertos. Utilizó la metáfora para describir la relación entre los dueños del poder con el medio ambiente. «Cualquiera que haya andado por el Amazonas sabe que el mayor logro de un alcalde es tumbar los árboles y cementar la plaza», dijo.

Crítico de las obras faraónicas de la dictadura militar y los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), el profesor de la UFRJ considera que la situación ha empeorado aún más con el gobierno de Jair Bolsonaro. Atribuye el aumento de la deforestación a una alianza entre la gestión actual y los sectores más atrasados de la economía, que talan el bosque para plantar soja y extraer mineral. El avance de las motosierras ha aumentado la presión sobre los pueblos indígenas, que el antropólogo estudia desde la década de 1970. «Lo que quieren es acabar con los indios en Brasil», dice.

 Hace mucho tiempo que no se hablaba tanto sobre las amenazas a los indios en Brasil. ¿Por qué?

Hay una ofensiva económica y religiosa contra los pueblos indígenas. El gran capital quiere tierra y los evangélicos quieren almas. Hay una famosa frase atribuida a un indio americano: «Nosotros nos quedamos la Biblia y ustedes la tierra». Los grandes intereses económicos, que siempre han estado en posesión del Estado ahora se han unido al fundamentalismo religioso. Esto es algo relativamente nuevo en Brasil. Y muy preocupante.

¿Dónde entra el gobierno en esto?

Este gobierno tiene tres brazos: el económico, el religioso y el militar. Los militares ven a los indios como una amenaza a la soberanía. Los evangélicos tratan a los indios como paganos que deben convertirse. Y el gran capital quiere privatizar el territorio brasileño tanto como sea posible, lo que significa reducir las reservas ecológicas y las tierras indígenas. El proyecto es abrir nuevas áreas para la extracción de minerales y talar más bosques para habilitar pastura y plantar soya. Brasil está retomando su vocación de colonia de exportación de productos primarios. Tuvimos el ciclo del azúcar, el ciclo del oro, el ciclo del café y el ciclo del caucho. Ahora tenemos el ciclo de la soya y la carne.

Bolsonaro nombró a un misionero para el sector del Funai que se encarga de los indígenas aislados. ¿Qué significa eso?

Los cristianos fundamentalistas creen que es necesario convertir hasta el último pagano y los indígenas aislados son los clientes ideales para este proyecto. El objetivo de los misioneros es desvincular a los indígenas de sus condiciones culturales y materiales de existencia. Eso significa separar a los pueblos de sí mismos. Destruye lo que es indígena en los pueblos indígenas. Es un proyecto especialmente siniestro porque está vinculado a un programa económico para desterritorializar a los indios y así permitir la entrada de la minería. Los misioneros son fanáticos, pero los estrategas estatales no lo son. Desde 1987, la política oficial del Funai ha sido evitar el contacto y garantizar la protección de los indígenas aislados. Esa política siempre fue combatida por los misioneros. Ahora también es combatida por el gobierno.

¿Cómo ve las declaraciones del presidente sobre los indígenas?

Son declaraciones racistas y repugnantes. Esa historia de que el indio «está evolucionando» y «es cada vez más un ser humano como nosotros”… Bolsonaro hace declaraciones racistas y xenófobas, en la medida en que trata a los indígenas como si fueran extranjeros. Estos discursos fomentan la violencia, como si fueran una licencia para matar. Brasil tiene un gobierno que declaró la guerra a los pueblos indígenas. El gobierno de Bolsonaro ve a los indios como un obstáculo, como algo que debe terminar. Los gobiernos anteriores nunca atacaron a los indios de esta manera.

¿Cuál es el proyecto de Bolsonaro para los pueblos indígenas?

Él no tiene proyecto. Quien tiene un proyecto es el gran capital, que utiliza a Bolsonaro como una especie de gorila. El horizonte intelectual de Bolsonaro llega hasta la bateia do garimpeiro. Tiene un imaginario del Viejo Oeste, una obsesión primitiva con la idea de hacerse rico con oro. Este es el gobierno de la tierra arrasada. Quieren anular la Constitución de 1988, que no es ninguna maravilla, pero representó un gran avance en la conquista de los derechos y la protección de los indígenas.

¿Por qué los militares ven la demarcación de las tierras indígenas como una amenaza a la soberanía?

Los militares viven en la paranoia de que Brasil está bajo amenaza perpetua de invasión. En el frente económico, la internacionalización de la Amazonía se produjo hace mucho tiempo, pero les importa muy poco.

¿Cómo ve los ataques de Planalto contra las ONG ambientalistas?

Hay ONG de todo tipo, pero el gobierno solo ataca a las que difunden prácticas de justicia ambiental y social. Y esos ataques agradan a los militares, que siempre se han visto a sí mismos como dueños del territorio nacional.

También hizo duras críticas a los gobiernos de Lula y Dilma. ¿Cuál es la diferencia entre la gestión del PT y la actual?

Fui muy crítico con la forma en que los gobiernos de Lula y Dilma concibieron el desarrollo económico. La construcción de la planta de Belo Monte fue una monstruosidad, una iniciativa criminal. Sin mencionar las bizarras relaciones entre los gobiernos del PT y las empresas.

A pesar de todo, lo que estamos viviendo hoy es mucho peor. Antes tenías avasallamiento de garimpeiros a los territorios indígenas pero la Policía Federal iba e intentaba retirarlos. Ahora el gobierno quiere destruir al Funai y fomentar la minería. Lo que tenemos hoy en Brasil es un proyecto de destrucción. Bolsonaro ya ha dicho que no vino a construir, sino a destruir.

Otra cosa siniestra es la relación de poder con los porões da dicadura (centros de tortura), con un inframundo que ha surgido. Vivimos en un país donde la distancia entre la milicia y el gobierno se ha vuelto infinitesimal, por decirlo así.

¿Cómo define el espíritu de este gobierno?

El sentimiento predominante en el gobierno y su base de apoyo es el resentimiento. Se manifiesta en los ricos que no pueden tolerar ver a la empleada yendo a Disney y en los pobres que han dejado de crecer socialmente debido a la crisis. Brasil es un país que no ha abolido la esclavitud, un país racista. La declaración de Paulo Guedes sobre las empleadas que van a Disney pertenece al universo moral de la esclavitud.

Las clases dominantes de Brasil siempre han sido efectivas para mantener a la gente en un estado de abyección intelectual. Darcy Ribeiro ya dijo que la crisis en la educación no es una crisis, es un proyecto. La incapacidad de aceptar las diferencias también produce resentimiento. Un sujeto mira a su alrededor y dice: «Este chico es gay, no quiere vivir como yo». Entonces piensa que tiene que curar al homosexual, que tiene que acabar con el indio. Esto genera un proceso de etnocidio, en el sentido más amplio de la palabra. Estamos presenciando un etnocidio general en Brasil, un intento de exterminar todo aquello que no se parece a quienes están en el poder.

¿Por qué el resentimiento se ha convertido en un arma tan poderosa para los políticos populistas?

Ese es un fenómeno mundial. Tiene que ver con la idea de que el mundo en el que vivimos está terminando. Con la emergencia climática el futuro cercano se ha vuelto impredecible. Y la sensación de que las cosas se están saliendo de control produce una enorme inseguridad existencial. Nos imaginábamos que la historia conduciría a Occidente a un mundo cada vez más secular. Y lo que se ve es un retorno de la religión y el fundamentalismo, que están vinculados a este sentimiento de pánico.

Fuente: www.oglobo.globo.com